Las medidas urgentes que impone el Gobierno para -aparentemente- gastar menos en la partida de medicamentos no son ni mucho menos inocuas. Pueden tener, como los mismos fármacos, efectos secundarios indeseables. El más importante y que en realidad no tiene nada de secundario, es que más allá del resultado inmediato, producto de una serie de operaciones aritméticas sobre el gasto actual, no consigan su propósito fundamental: ahorrar recursos.
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